domingo, 16 de noviembre de 2008

¡Qué mala saña! (Capítulo dos, sábado)

Es una putada vivir al otro lado de la M-40. Las chonis me miran mal, y no puedo darme el lujo de hacer esperar a la gente.

Porque una cosa es esperar un poco y otra es llegar con una hora o más de retraso…

Y ese es mi problema al vivir lejos, que nunca, por mucha atención que preste a los horarios de metros y autobuses, clavo un tiempo justo para hacerme esperar. O me pasa como a los sobreestimados, por el mismo Robe, Extremoduro. Que puede estar la gente esperando 3 horas y no estar aún en el escenario. O bien me pasa como a los Vetusta Morla y llego siempre antes que todos y me toca esconderme tras cualquier persona más alta que yo, menos mal que eso no es difícil…

Cuando llegué a Madrid hace dos años, mi zona preferida para salir era Malasaña, pero claro, estaba recién llegada y una chica sola en esos bares atrae gente demasiado rara…

Aun así y empujada por el poco movimiento de la gente de la facultad, me dio por salir sola y así conocí a “Rats”.

Ella trabajaba de camarera en el Vía Láctea, un sábado, acababa de cruzarme del laberinto al vía láctea, después de fundir los tickets de bebida.

Unos modernitos de zapatillas con dibujos de Mickey Mouse, gafas más raras que las de la vieja que atiende en el laberinto, que parece sacada de “Alicia ya no vive aquí” y corbata a cuadros, jugaban al billar. Columpiándome entre la multitud caí en la cuenta: “Tengo un gran dominio de mi vejiga, pensaba antes de tomar tanta cerveza…” y llegué hasta el baño.

Dos tías hablaban sin parar, en la puerta del retrete, una, de la “queta” y la otra le respondía, que qué tal le había ido el día, mientras hacia guardia en la puerta.

El puerta interrumpió su tertulia sacándolas fuera del baño. En ese momento vi la luz e hice mi incursión en el meadero. Con el pie levanté la tapa, sin darme cuenta que había unas rayas pintadas sobre esta. Me bajé bruscamente las bragas y ploff… en tol meao ¡coño! Exclamé.

Pero daba igual que estuviera haciendo equilibrios para mear, que mi equilibrio con tantas cervezas se resintiese, que una macarra me gritase desde fuera “¡que me voy a tener que mear en el lavabo!” y que tuviese que abandonar mis bragas en el Vía Láctea, porque abuelos y abuelas, sonaba “somebody to love”. Jefferson Airplane petando el Vía Láctea.

Me subió el escalofrío, ya estaba acabando, el DJ había cortado la canción, de Vietnam a Irak con un simple movimiento de muñeca. Al otro lado del tabique, se podía oír entre rebotes acústicos del bajo de “The White Stripes” al puerta disfrutar de una felación en el servicio de los tíos.

Me subí la falda, mientras las zorras de antes abrían la puerta. Al ver que me levanté de mear, la estúpida me sacó de los pelos, mientras gritaba: "¡mi coca, mi coca!" Lo vi como si me lo hiciese ver Cristopher Doyle, con contrastes de velocidad- Creí que estaba al principio de Chungking Express, cuando la persecución por Kowloon. Alguien se había interpuesto entre la zorra y yo. Fui a parar al suelo del tigre…

Vi una especie de ángel, con mogollón de rastas y de piercings. Cómo una ráfaga, sacaba a las zorras entre los modernillos, que veían sin solución los tercios de Heineken en el suelo.

Cuando me estaba recomponiendo, oía la voz de la macarra que quería mear en el lavabo. Pero ahora me preguntaba por mi salud…

Me pasó a la sala de calderas del Vía Láctea, me dejó ropa que por allí tenia y metió en una bolsa la mía, preguntándome: "¿la tiro ya al contenedor o lo harás tu mañana? "

Debería ya ser de día, cuando llegó con dos gin tonic, susurrándome “break on through” y contoneándose como Morrison



CREO QUE SI, QUE ES AQUÍ DONDE EMPIEZA TODO…

1 comentario:

Edu V dijo...

Siento haberme puesto tan tarde a leer este relato jeje. Voy a seguir con los de arriba, ya q me he arrancao ... Sigue asi crack, un saludete.