Mal. Responde siempre que le preguntan, simplemente para crear expectativas y para esquivar la soledad.
Eso le había llevado a un estado de plenitud.
Antes de refinarse decía que estaba hasta la polla y realmente así lo sentía, pero su actual condición no le permite expresarse de esa manera tan honesta. Eso en las ultimas semanas le traía un poco de cabeza, ha llegado a sentirse un poco frustrado.
Siente la necesidad de ver paisaje abierto, de pasear al otro lado del margen, solo, con sus pensamientos, hasta olvidarse de ellos.
Pero no puede, quiere ir a jugar, pero ese adulto que en él se está gestando no le deja.
Entonces su entorno se da cuanta, la pregunta cambia, pasa a ser “¿que te pasa?” y para eso no hay respuesta si no es honesta y se le nota mucho.
Le duele no ser honesto, sobre todo si no saca partido de ello. Su demoledora honestidad siempre le ha metido en líos, pero ha seguido hacia delante, aunque fuese solo, ya encontraría ha alguien con quien serlo.
Lo era, cuando estaba mal, cuando estaba peor que mal. Sabia responder a un impertinente “¿que te pasa?” con gran maestría expresiva, aunque por simpatía y respeto a la inteligencia de su público, era parco en palabras.
Ahora ya no. Había perdido esa conexión consigo mismo.
Ya no se necesitaba.
Comenzó a investigar como deshacerse de esas preguntas angustiosas. Preguntaba y preguntaba, se llego a poner en piel de lo que tanto odiaba.
Así, está mañana, mientras perdía la ocasión de hacer ese viaje que tanto esperaba. Cuando ese adulto disparaba al niño que con inquietud por el cañón miraba. Se le oyó responder en una trabajosa sonrisa; Bien.
…y el amor es cómo esa obra maestra que Woody Allen nunca rodara, por no llegar tarde a cenar y tener tiempo después para tocar el clarinete.
La trapecista que quería que la invitaran a bailar
Hace 14 años
