Por primera vez en años, no tengo ni que volver en búho, ni en los primeros metros.
Me siento felizmente bloqueado.
Y lo peor es que todo son buenos augurios. ¡Mierda! La cagamos o la cagaremos…
No estoy acostumbrado a ser feliz, ni a tener la consciencia tranquila.
Pero está vez no quiero cagarla. ¡No quiero cagarla! Pero seguro que me sale solo. Cómo siempre.
Demasiado tiempo mirando por la ventana, intentando comprender.
Me pica y me arrasco hasta que sangra y aun ahí, sigo rascando.
El picor no es dolor, es otra cosa. Es algo que no aguanto.
Mucha gente a mi edad tiene claro que no va ser ciertas cosas, yo aun no lo se…
Porque temo a lo que nada temo temer.
Mis días a veces son losas. Pero no dejan de ser una más en mi paseo. Aun que no quiera dejar hulla y me baste con pasear, siempre están ahí.
Mil gritos en un murmullo, me obligan a ser más. Mientras mi escuálida y arrítmica vocecilla, me acompasa con un “Tú pasa de tó”.
Depresivo, ahora mismo en paro. Supurado de felicidad. No puedo decir ya no más, ahora mismo no tendría razón y mis ideas suicidas no calman mi dolor cuando de verdad duele. Siempre lo he tenido presente. Y la ventana está abierta.
Soy el vértigo, en toda su definición de; “no es el miedo a caer, sino el impulso de tirarse”. No puedo ni montar en coche sin echar el seguro de mi puerta.
Por favor que no pare el mundo, que sin querer me bajare. Pero ya se que, que si se para el mundo, yo empujo con todas mis ganas, aunque no halla conductor.
Soy peor que un adolescente salido.
Las buenas replicas se me siguen ocurriendo en el baño. Deje de llevar libreta el día que deje de ser un buen poeta. Pero ni por esas me acuerdo de lo genial. Solo los restos del naufragio llegan a mi calido ordenador.
Estoy harto de ser el tipo más feliz del mundo en crisis.
Siempre me he identificado con Andy French, ese personaje de pelo azul o negro, depende de la luz que le de. El mundo tal y cómo lo conocemos, al borde del colapso y yo fumando contigo. Y yo flipando contigo.
Solo quiero ser.
Sin caer en apatías, en desidias, en la pereza. Me mola crear, me calma escribir, me corro vivo al dirigir y no ser exactamente yo el tiempo que dura el plano, me eleva a otro estado. Pero no soportaría un nivel mediático superior, sin ser aun más raro.
Ya me cree un personaje con doce años, por favor ¡otro no! A no ser que me lo pagues.
Joder, tampoco y es que los actores somos idiotas, hacemos lo que nos digan y cuanto más fiel a lo que nos dicen somos, más palmitas recibimos. No somos gente libre, si en algún momento en ese eufemismo existió ese estado.
La libertad se escribe y ya es cautiva.
Siempre he tenido la sensación de haber nacido tarde. De saber el final del cuento. Y no me mola nada.
Odio los rejuvenecimientos vaginales y soy joven, las tetas de goma, ligeras correcciones faciales, la depilación, prendería fuego a los gimnasios si al arder no generasen olor a plástico quemado. Me cago en el culto al cuerpo, que no sea el que rindo al tuyo. Me encanta el porno de los setenta, cómo a ti. Sin terminar de tragar a Visconti.
A veces desvío la mirada del televisor, para ver cómo la luz que entra por la ventana del baño dora la pared del pasillo.
Se me apaga la farola, me pican las pestañas y ya soportan mucho sueño y mucho humo.
A la belleza hay que encontrarle el momento.