miércoles, 28 de octubre de 2009

Érase una vez o dos…

Cuando de nuevo había lo viejo, creo que así me lo contaron.
Después de un tiempo se fue afeando, dando de si, quedándose calvo. Consiguiendo cada vez más seguridad en si mismo, menos escrúpulos y conservo algún que otro latido arrítmico.

Se lleva mucho este año lo que “se estilaba en aquel entonces” y hoy más que nunca, cuando la vida se asoma a la muerte y ve ha alguien con quien irse de cañas. Pero siguió a lo suyo. Sin cambiar nada.

(Un relato existencialista, no por favor, otro no. No quiero saber nada más de nada. Y al tiempo todo,…gracias).

La clave secreta de una tarjeta, que solo revelaba fianzas.

Él abría su carnicería, nunca en domingo, los domingos fagocitaba la semana, la dipsomanía y sus peores defectos. Aunque nunca pasaba de pasado mañana…

Por un momento se le paso por su yelmo de sesos, abandonar la necrofilia. Pero era demasiado débil para eso su corazón de vaca y ya que estaba, pues asesino un cementerio de veinte añeras aspirantes a…

Puta, entupida y malcriada.

Se paso tres días de luto. Enclaustrado, bebiendo whisky solo, bueno no era tan estricto y dado que su voto monacal así se lo exigía, se lo bebía con mucho humo y muchas putas.

Después del tercer día salio del puticlub. Su carnicería ahora era una cacharrería y se lo robaron todo…

La estridencia del sonido de su corazón se convirtió en escombros.

Sobrevivió a su olvido, al final del cuento y a si mismo.

Al fin y al cavo, en los días que corren, sobre la sombra del hoy por venir y de lo demasiado poco por hacer, luce su cadáver exquisito.